Las guerras entrópicas

Por Nomi Prins

El perturbador en jefe

Introducción de Tom Engelhardt

Hace dos semanas, otro negocio Trump se vino abajo envuelto en llamas. Atrapada en la vorágine de la presidencia de su padre con un importante departamento de venta al por mayor y varios distribuidores minoristas, en una imparable caída de su marca presionada por el boicot de los consumidores tanto en Estados Unidos como en Canadá, Ivanka Trump cerró su línea de vestimenta. Esto no ha sorprendido a nadie. Cuando se trata de su familia, es la historia más antigua del mundo. Pensadlo de esta manera: la mayor estafa de Donald Trump en las elecciones de 2016 fue convencer a la mayoría de los estadounidenses (y siguen tan convencidos como entonces) de que él era un “exitoso empresario”. 

A continuación un repaso de la sagacidad empresarial, la que Michael Kruse sintetizó el año pasado en Político

“Fracasó como propietario de un equipo de fútbol profesional, no solo acabando con su propia franquicia sino también con la liga en su totalidad. Llevó a la quiebra sus casinos cinco veces en unos 20 años. La aerolínea que lleva su nombre duró menos de tres años y terminó con una deuda de 2.500 millones de dólares. Y dañó su apellido en una interminable secuencia de calamidades y chanchullos (el agua embotellada Trump Ice, el vodka Trump, los bistés Trump, la revista Trump, la hipotecaria Trump, la Universidad Trump, en la que enfrenta un juicio –demanda colectiva– por fraude desde principios de este año por 25 millones de dólares).” 

Y Kruse ni siquiera mencionó la sexta quiebra de Donald, la que tiene que ver con la cesación de pagos la deuda del Plaza Hotel en 1992. 

Pero no quiero insinuar que Donald Trump no era exitoso. Él tiene una pericia que necesita ser entendida por quien quiera captar la naturaleza de su presidencia. Es posible verla en sus cinco quiebras en el casino de Atlantic City, que mostraron que se trataban de desastres empresariales pero, como informó The New York Times, su verdadera habilidad consistió en abandonar el barco –con el dinero en la mano– y endilgar sus problemas económicos a algunos “inversores y otros que habían apostado a su visión para los negocios”. Tomad esto como su ‘arte’ (también lo es, sin duda, la de su hija). 

Y mientras leéis la última nota de Nomi Prins, colaboradora habitual de TomDispatch y autora del libro recientemente publicado How Central Bankers Rigged the World tened en cuenta este “arte”. Ahora mismo, en este último trimestre, la economía está viviendo un ‘increíble’ brinco de crecimiento del 4,1 por ciento, y Trump es un ‘exitoso’ empresario-presidente. Pero cuando haya que pagar esas facturas (tal como hoy sugiere Prins), cuando empiecen a llegar esas quiebras, podéis contar con una cosa –lo que llamamos el ‘arte’ de Trump–, él y su familia abandonarán el barco, dinero en mano, y a los demás nos dejarán aquí cargando con el muerto.

Cinco (hasta ahora) incertidumbres económicas de 2018

Aquí estamos en la mitad del segundo año de la presidencia de Donald Trump; a estas alturas, si hay algo que sabemos es que el líder del mundo libre es capaz de crear a voluntad un instantáneo reality-show sobre esteroides geopolíticos. Es cierto que él no es muy refinado en su comportamiento, pero tiene una forma precisa de provocar incertidumbre en cualquier situación en el menor tiempo posible.

Con regularidad, ya sea mediante órdenes ejecutivas, tweets o mítines políticos, deja por el suelo a la diplomacia mientras supuestamente se entrega a una confiada base de seguidores que le votaron por ser el más acabado anti-diplomacia. Y mientras está en eso, continúa demoliendo las instituciones políticas que tiran la basura en el Acela Corridor* Sin embargo, en medio de tanto ruido y furia tuiteados, nosotros habremos de cargar con las consecuencias de que Donald Trump meta sus manos en la economía.

Según el diccionario Merriman-Webster, entropía es “un proceso de degradación o agotamiento, o una tendencia al desorden”**. Con esto en la mente es posible que podamos predecir que la próxima acción del presidente Trump sea justamente centrarse en el camino de la mayor entropía y transitarlo a partir de ahora.

Permitidme que haga justamente eso, mientras explore las cinco iniciativas económicas de la Casa Blanca de Trump desde que este asumió el cargo y el lóbrego y caótico panorama que tiene ante sí en cuanto al daño a la economía y a nuestro futuro financiero se hacen más y más evidentes.

  1. Una continua desregulación bancaria

Cuando Trump se presentó como candidato a la presidencia, mostró un fenómeno que fue percibido por muchos aunque en general fue mal interpretado: un enfado generalizado por Wall Street y sus colegas corporativos. Una vez en el cargo, redireccionó ese enfado exclusivamente hacia las fronteras del país, y sus aliados y adversarios económicos.

En su campaña para las elecciones de 2016 prometió que “haría que Wall Street pagara por sus transgresiones” y que los bancos volvieran a un entorno en el que hubiera menos riesgo económico para el país. Su objetivo y el de los republicamos en tanto partido, al menos teóricamente, era separar las operaciones comerciales bancarias (depósitos y préstamos) de las de inversión (creación de seguros, comercio y agencias de bolsa) mediante la vuelta a una versión más moderna de la ley Glass-Steagall*** de 1933.

Avancemos rápidamente hasta el 18 de mayo de 2017 cuando el secretario –de mentalidad desreguladora– del Tesoro de Trump, Steven Mnuchin se enfrentó con un grupo de congresistas e imprimió un giro copernicano a la cuestión. Insistió en que separar los depósitos del público de las operaciones de especulación financiera de los bancos, algo que nunca había sido contemplado en la plataforma republicana era una propuesta que no tenía la menor posibilidad.

En cambio, los congresistas republicanos, con el apoyo de la Casa Blanca, se apresuraron a apuntar hacia una versión diluida de la ley Glass-Steagall aprobada en los años de Obama; la ley Dodd-Frank, de 2010. En ella, los demócratas habían capitulado totalmente frente a Wall Street llenando su texto de lagunas que favorecían a los bancos. No obstante, al menos se aseguraron de que los bancos reservarían más dinero propio para el caso que volviera a darse otra crisis similar a la Gran Recesión y proporcionarían una estrategia de ‘voluntad de supervivencia’.ante tal posibilidad, mientras se creaba un potente instrumento de protección del consumidor, la Oficina de Protección Económica del Consumidor (CFPB, por sus siglas en inglés). En la era Trump, digámosle adiós a todo eso.

Apodada “Ley de la Opción” –oficialmente: ley de crecimiento económico, desgravación reguladora y protección del consumidor– la nueva ley de los republicanos eliminó el requisito de ‘voluntad de supervivencia’ para los bancos de tamaño mediano, permitiendo de ese modo que los grandes bancos pudieran hacer lo mismo. Cuando Trump promulgó la ley dijo que era “un paso más en el regreso de Estados Unidos a una economía sin precedentes. Nunca ha habido una vuelta como esta. Un día, habrá noticias falsas sobre esto”.

De hecho, gracias al giro de Trump (y los republicanos), los bancos ya no necesitan defenderse. El presidente ha continuado exaltando las fabulosas virtudes de su CFPB, que supuestamente protegía a los consumidores para que no fuesen engañados (o aun peor) por su propio banco. Antes de que Trump se implicase, la banca había ganado en pagos de bancos ‘malos’ unos 12.000 millones de dólares provenientes de los ciudadanos por los que él abogaba .

Sin embargo, Kathy Kraninger, ex funcionaria de la Seguridad Nacional nombrada por Trump para que se hiciese cargo de la dirección del organismo, no tiene experiencia en bancos ni en protección del consumidor. La selección de Trump continúa perfectamente en la senda del director interino Mick Mulvaney (jefe también de la oficina de Gestión y Presupuesto). Todo lo necesario para saber algo de él es que una vez se burló de la organización por ser una broma “de mal gusto y poco feliz”. Siendo su director, trató de asfixiarla privándola de fondos.

De esta manera, tales acciones desreguladoras todavía en evolución reflejan la forma en que la campaña electoral anti-establishment de Trump se ha transformado en un programa a escala total que apunta hacia el aumento de la riqueza y poder de las elites financieras, mientras se reduce su responsabilidad respecto de nosotros. No esperéis que un futuro que siga esas líneas tenga algo agradable. Pensad en la entropía.

  1. Las tensiones aumentan en el sector automotriz

Un aspecto clave de la visión económica de Trump es proporcionar a su base una sensación de camaradería frecuentando eslóganes a favor de la unión traídos de un pasado de nacionalismo y aislamiento. Con ese mismo espíritu, el presidente ha lanzado una política cada vez más arriesgada y preocupante –supuestamente de apoyo a las bases– de imposición de aranceles comerciales.

Tomad, por ejemplo, el sector del automóvil, en el que es obvio que esos aranceles impactarán negativamente. Para muchos de sus votantes de la clase trabajadora se trata del núcleo central y un enfoque clave de las políticas entrópicas del presidente. Cuando Trump estaba en campaña, prometió muchos beneficios a los trabajadores (y ex trabajadores) de la industria automotriz; promesas instrumentales para le llevarían a una victoria en lo que eran los estados “azules” de la declinante industria pesada. Una vez en el Despacho Oval, continuó tras lo que él consideraba un triunfo personal: conseguir que Ford regresara a Estados Unidos la fábrica que había trasladado a México, mientras presionaba a las empresas japonesas para que montaran más coches en Michigan.

Trump también empezó a crear problemas en la industria mediante una serie de contradictorias imposiciones o algunas veces solo amenazando con aranceles –entre ellos al acero– que iban contra los deseos de la totalidad de la industria automotriz. Recientemente, Jennifer Thomas, del principal grupo de presión de la industria –la Alianza de Fabricantes de Automóviles– aseguró en una sesión que “la oposición es generalizada y profunda porque las consecuencias son alarmantes”.

Ciertamente, el Centro para la Investigación Automotor informó de que el 25 por ciento de los aranceles a los automóviles y los recambios (algo con lo que presidente amenazó pero todavía no avanzó, en contra de la Unión Europea, Canadá y México) podría reducir las ventas de coches de producción nacional en más de dos millones de unidades y eliminar más de 714.000 puestos de trabajo en el país. Deteriorar la demanda de vehículos, cuyo precio podría aumentar entre 455 y 6.875 dólares –según el tipo de arancel–, en medio de un impuesto al automóvil de Trump, dañaría tanto a los fabricantes nacionales como a los extranjeros que operan en Estados Unidos y emplean a un importante número de trabajadores estadounidenses.

A pesar de que el presidente Trump amenazó con golpear con altos aranceles a los coches y recambios importados producidos en la Unión Europea, en estos momentos la medida está a la espera debido a un reciente anuncio de negociaciones en curso; sin embargo, él se reserva el derecho de hacerlo si se siente enfadado por… bueno, lo que sea. Solo la industria automotriz alemana da empleo a más de 118.000 personas en Estados Unidos. De llevarse a la práctica la amenaza, esos impuestos aumentarían el precio de los vehículos e inmediatamente se pondrían en riesgo los empleos en el ámbito nacional.

  1. La tiranía populista de Trump de recortar los impuestos

El presidente Trump ha estado particularmente feliz con su popular ley de “reforma” tributaria; ha asegurado a sus bases que la ley creará empleos y prosperidad a los trabajadores estadounidenses poniendo mucho dinero en sus bolsillos. No obstante, lo que realmente se ha hecho es reducir la carga fiscal de las corporaciones del 35 por ciento al 21, lo que les ha proporcionado enormes cantidades de dinero en metálico. Su reacción –del todo previsible– no ha sido la creación de puestos de trabajo ni el aumento de los salarios, sino desviar ese dineral hacia sus propias arcas vía cuotas de recompra, por medio de las cuales adquieren sus propios valores. Esto proporciona partes mayores y más valiosas de una empresa a los accionistas; al mismo tiempo, se incentivan las utilidades y las primas a los CEO.

Inundadas de dinero por recortes de impuestos, las empresas de Estados Unidos han anunciado un valor récord de tales recompras: 436.600 millones de dólares en lo que va de 2018, cerca del doble de lo invertido en todo el 2017, que llegó a 242.100 millones. Entre otras cosas, esto asegura menor recaudación impositiva para el Tesoro de EEUU, que a su vez significa menos dinero para programas sociales o sencillamente para brindar atención adecuada a los veteranos.

Tal como es, la contribución impositiva efectiva media de las grandes empresas estadounidenses es de apenas el 18 por ciento (una cifra que sin duda pronto se reducirá más). El año pasado, contribuyeron solo el 9 por ciento de los ingresos fiscales y es probable disminuya aun más y que este año sea un nuevo récord por lo baja, provocando una alza en el déficit. En otras palabras, en un verdadero espíritu trumpiano, las corporaciones cargarán las fabulosas ventajas impositivas obtenidas directamente sobre la espalda del resto de los estadounidenses, entre ellos las propias bases del presidente.

Mientras tanto, algunos de los integrantes del equipo artífice de semejante política impositiva que regaló a las corporaciones 1.500 millones de dólares en concepto de desgravación ya están en cosas mayores y mejores aterrizando en posiciones de presión en las mismísimas corporaciones a las que le echaron una mano y a las que ahora pagan incluso con más generosidad. Por el otro lado, la paga al trabajador estadounidense medio no ha aumentado. Ciertamente, entre el primer trimestre y el segundo de 2018, el salario real cayó en un 1,8 por ciento después de que los recortes impositivos se convirtieran en ley. Trump no prometió eso ni su implicación en nuestro entrópico futuro.

  1. Guerras comercial y cambiaria, y los conflictos que se avizoran

Si todos cogen sus juguetes y se los llevan a otro patio, el bravucón de la escuela tiene menos niños a quienes fastidiar. Este es exactamente el proceso que la incipiente guerra comercial de Trump parece estar acelerando, es decir, la captura de nuevos campos de juego y alianzas por parte de una variedad de países importantes que ya no confían en que el gobierno de Estados Unidos se comporte de un modo coherente.

Hasta ahora, EEUU ya ha impuesto aranceles a las importaciones chinas por un monto de 34.000 millones de dólares. China ha respondido de la misma manera. En una peligrosa jugada de póquer global, Trump amenazó inmediatamente con aumentar esa cifra hasta por lo menos 200.000 millones. Oficialmente, China ignoró esa amenaza, lo que no hizo más que aumentar aun más la ira del presidente. En respuesta, anunció recientemente su voluntad de imponer aranceles a todos los bienes de EEUU importa de China, si fuera necesario. El pasado 20 de julio, en diálogo con Joe Kernen, presentador de Squawk Box de la CNBC, presumió diciendo: “Estoy dispuesto a llegar a los 500.000 millones [de dólares].

Esto equivale a prácticamente todas la mercancías que China exportó a Estados Unidos el año pasado. En comparación, EEUU exportó a China productos por solo 129.900 millones de dólares, lo que significa que China no puede responder del mismo modo, pero sí puede apuntar a otros mercados –aumentando así la cada vez más tensa relación entre ambas superpotencias económicas mundiales– y devaluando su moneda para apalancar sus bienes más eficazmente en el mercado global.

Las alianzas comerciales ya estaban abandonando la excesiva dependencia de Estados Unidos incluso antes de que Donald Trump empezara a jugar con los aranceles. Esa tendencia solo adquirió intensidad con las repercusiones de sus medidas económicas, entra ellas los aranceles en un conjunto de importaciones provenientes de México, Canadá y la Unión Europea. Hace poco tiempo, dos importantes aliados de EEUU transformaron el lento pasaje hacia la cooperación económica en un abrazo total: el 17 de julio, la UE y Japón cerraron un gran acuerdo comercial en el que estará incluido un tercio de los productos de la economía mundial.

Mientras tanto, China ha puesto en marcha más de 100 proyectos empresariales solo en Brasil apoderándose así de lo que en otros tiempos era un mercado de Estados Unidos; lo hizo invirtiendo allí la cifra récord de 54.000 millones de dólares. También se prepara para aumentar su compromiso no solo en Brasil, sino además en Rusia, India y Sudáfrica (todos ellos países del llamado BRICS) invirtiendo 14.700 millones de dólares en Sudáfrica antes de la próxima cumbre de los BRICS en este país. En otras palabras: en un plan perturbador, Donald Trump está prestando una útil ayuda a la creación de un mundo económico en el que EEUU ya no será una entidad central.

En última instancia, la política proteccionista y los aranceles que la acompañan perjudicarán por igual a consumidores y trabajadores, aumentando los precios y reduciendo la demanda. Podrían hacer que las empresas se vieran forzadas a reducir los puestos de trabajo, la innovación y la expansión; al mismo tiempo, afectarían a los aliados y podrían obstaculizar el crecimiento económico global. Para decirlo de otra manera: son la versión estadounidense de la ralentización paulatina, tanto en el ámbito nacional como en el internacional.

  1. Lucha contra la Fed

La beligerancia del presidente Trump se ha centrado en su creencia de que el país más rico y más poderoso del planeta ha sido tratado injustamente por el resto del mundo. En este momento, esta sensación se ha extendido a la Reserva Federal, en la que hace poco tiempo arremetió contra su director (nombrado por el propio presidente) Jerome Powell.

La Fed ha estado proporcionando miles de millones de dólares como estímulos al sistema bancario y los mercados financieros mediante un programa de compra de obligaciones mal llamadas “facilidades cuantitativas” o “QE” por sus siglas en inglés. Su atractivo: este subsidio de Wall Street en realidad es un estímulo para el comercio minorista.

Con lo improbable que esa historia puede llegar a ser, normalmente los presidentes se abstuvieron de hacer comentarios sobre las políticas de la Reserva Federal permitiéndole mantener al menos una apariencia de independencia, como establece la ley de la Reserva Federal de 2013 (en realidad, la Fed ha seguido dependiendo considerablemente de los caprichos y deseos de la Casa Blanca, tal como lo explico en mi nuevo libro Collusion). Sin embargo la actual Casa Blanca está mandada por un presidente a quien posiblemente le sería imposible guardar para sí sus opiniones.

Hasta ahora, desde diciembre de 2015, la Fed ha aumentado (o “ajustado”) siete veces la tasa de interés. Dirigida por Powell, lo hizo dos veces; con dos alzas adicionales hacia el final del año. Esos movimientos se hicieron sin la bendición de Trump; él las consideró en sentido opuesto a los objetivos económicos de su administración. En una entrevista con la CNBC, Trump declaró que no estaba “entusiasmado” por el aumento de la tasa, en un claro intento de influir la política de la Fed. Fiel a la tradición, la Fed no mostró reacción alguna, mientras que la Casa Blanca publicó rápidamente una declaración que destacaba que el presidente “no tenía intención de influir en las decisiones de la Fed”.

Ignorando esa posición oficial de la Casa Blanca, el presidente acudió sin demora a Twiiter para expresar su frustración con la Fed (“Estados Unidos no debería ser penalizado porque estemos haciéndolo tan bien. Ajustar en este momento daña todo lo que hemos hecho. Debería permitirse a EEUU que recupere lo que perdió con la ilegal manipulación de la moneda y los MALOS tratados comerciales. Habrá que pagar la deuda y nosotros estamos aumentando las tasas… ¿Ah sí?”)

El director Powell tal vez quiera poner de relieve su independencia respecto de la Casa Blanca, pero como alguien que ha sido nombrado por Trump, cualquier decisión tomada en el entorno de las reacciones del presidente podría reflejar influencia política en su tarea. El problema mayor es que esa fricción podría provocar mayor incertidumbre económica, lo que podría ser perjudicial para el poderío económico que Trump dice querer sostener.

Cuando gana la entropía, el mundo pierde

El método Trump funciona como una máquina bien aceitada. Mantiene desprevenido a todo el mundo –a su gabinete, los medios, los líderes globales, y a los políticos y expertos de todo tipo–. Esto garantiza que sus actos tienen un impacto instantáneo, no importa lo negativo que pueda ser.

En el plano de lo económico, las repercusiones de esta estrategia son tanto muy importantes globalmente como extremadamente locales. Tal como apuntó recientemente el senador republicano por Nebraska Ben Sasse, “esta guerra comercial está cortando las piernas de los agricultores, y el plan de la Casa Blanca es gastar 12.000 millones de dólares en muletas de oro… Los aranceles y los rescates de esta administración no harán que Estados Unidos vuelva a ser grande; solo harán que vuelva a 1929”.

Estaba hablando del último plan de la Casa Blanca de destinar hasta 12.000 millones de dólares del contribuyente para aquellos sectores de la agricultura de EEUU golpeados duramente por la guerra de los aranceles de Trump. Dejemos esto un momento y pensemos en la entropía. Para resolver los problemas, el presidente ha creado –supuestamente para ayudar a que Estados Unidos vuelva a ser grande– un gobierno deficitario que hará apoquinar aun más dólares al contribuyente.

Subsidiar a los agricultores no es necesariamente algo malo en sí mismo. De hecho, es algo muy propio del New Deal y de Franklin Delano Rossevelt. Pero, ¿hacerlo para resolver un problema innecesario? En esas circunstancias, ¿cuál es el límite? Cuando esos 200.000 millones de dólares, o tal vez 500.000, en aranceles para China (u otros países) aticen más todavía la situación, ¿quiénes serán los que consigan ayuda? Los trabajadores de la industria automotriz? ¿Los trabajadores de la siderurgia?

De lo que estamos siendo testigos es el comienzo de guerras entrópicas que, por su parte, aceleran el desarrollo del experimento global de Estados Unidos. Cada despótico trozo de resentimiento presidencial, cada tweet y cada ofensa es un precursor de aun más agitación económica y desplazamientos, más complicados y difíciles de solucionar. El Estados Unidos de Trump podría transformarse fácilmente en una situación planetaria carente de toda lógica. Cuando se desestabiliza lo confiable, tanto mayor es la penuria económica. Cuanto más se debilita la economía, tanto más perturbable se vuelve el propio Gran Perturbador. Así, la espiral Trum avanza en el remolino del sumidero económico que es su propia creación.

* La autora se refiere al tren de alta velocidad que circula entre Washington DC y Boston pasando por Baltimore, Filadelfia y Nueva York a lo largo de Corredor Nordeste. (N. del T.)

** La acepción 2 de entropía en el diccionario de la RAE dice que en Física es la medida del desorden de un sistema. (N. del T.)

*** Ley Glass-Steagall es como se conoce generalmente la Banking Act o Ley de Bancos de Estados Unidos. Entró en vigor el 16 de junio de 1933, estableciendo la Corporación Federal de Seguro de Depósitos (FDIC) e introduciendo diversas reformas bancarias para controlar la especulación, destacando la separación entre la banca de depósito y la de inversión. Fue promulgada por el presidente Franklin D. Roosevelt para evitar que se volviera a producir una crisis como la del 29. (N. del T.)

Nomi Prins es colaboradora habitual de TomDispatch. Su libro más reciente es Collusion: How Central Bankers Rigged the World (publicado por Nation Books). De sus otros seis libros, el último es All the Presidents’ Bankers: The Hidden Alliances That Drive American Power. Ha sido ejecutiva en alguna empresa de Wall Street. Un agradecimiento especial para el investigador Craig Wilson por su magnífico trabajo en esta nota.

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